Ángel

miércoles, septiembre 30, 2009
Él siempre estaba frío, pero emanaba una especie de luz cálida.
Eran sus ojos; de ellos salían rayos ámbar que te llenaban el alma.

Sus palabras eran susurros que parecían llegar hasta el fondo de tu subconsciente.
Era como un ángel cuyas melodías cantaban esperanza y locura al mismo tiempo.

Pequeños fragmentos de ingenuidad adornaban su rostro blanco,
y yo buscaba en todos los relojes la hora en que llegaría.

Pero la zozobra de su partida nunca me deja,
como sí lo hace su agridulce aroma vespertino.

Se va para siempre como las plumas invisibles de sus alas.

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