El cielo de mis avioncitos

sábado, julio 29, 2006
Su madre le contaba cuando era niño, que algún día él llegaría a conocer a una niña especial y me enamoraría.

Él solía preguntarle cómo sabría cuando estuviera enamorado, y recuerda que le decía que en esa persona, él vería salir el sol cada día y la luna cada noche; en los ojos de aquella, cabrían todas las estrellas, y que si ella llorara de tristeza, sería como si lloviera sobre su felicidad y la derrumbara.

Fue después de muchos años que conoció a alguien así de especial. Ella iluminaba todo lo que tocaba y llevaba luz a las vidas de quienes la conocían. Él literalmente adoraba el piso por el que ella caminaba.

Cuando al fin llegó el momento en que se armó de valor para decirle lo que sentía, se vio en un problema: ¿Cómo haría para explicarle la magnitud de sus sentimientos? Y entonces recordó lo que su mamá me repetía de niño, y cada día desde que hizo memoria de sus palabras, puso un pequeño avión de papel en cualquier parte que ella pudiera encontrarlo. Su bolso, su pupitre, su banca preferida de la cafetería. En todos lados, uno cada día, de todos los colores posibles.

Ya había perdido la cuenta de cuántos aviones le había regalado cuando con un lejano halo de timidez y un enojo superficial y mal actuado, ella le preguntó cual era la razón de los detalles.

Frente al que él consideraba el amor de mi vida, y con todos los nervios que cabían en su ser, le dijo “Es que tú, eres el cielo de mis avioncitos. Eres donde ellos quieren volar por siempre, pues es en ti donde veo salir el sol cada día y la luna cada noche; es en tus ojos donde caben todas las estrellas, y cuando lloran de tristeza, llueve sobre toda mi felicidad y la derrumba”.

Lo recuerdo

viernes, julio 28, 2006
Éramos muy jóvenes, y nunca antes había quedado tan cautivada por alguien. Hoy me dices que ese día fue tan memorable para ti como lo fue para mí, y solo me pregunto ¿Qué hubiera sido de nosotros si hubiéramos tenido solo un día más?

Tal vez las cosas hubieran resultado tan diferentes de lo que son ahora. Ahora que has cambiado tanto, pero que tu esencia es más pura que nunca. Ahora que nos dedicamos a pasear por la avenida de los recuerdos en vez de hacer reales y tangibles todos esos deseos tan antiguos.

Eres el extraño que más falta me ha hecho en lo que llevo de vida, y el querer más inocente que jamás he experimentado, de sonrisa tímida y manos en los bolsillos. Gracias por permanecer así, de otra forma no me hubiera animado a escribirte estas cosas que probablemente nunca leas. Gracias por hablarme de esas cosas superficialmente olvidadas, pero que están intactas en lo profundo de ambos.

Eres el nene de la foto que nunca creció, pero que me vio a mí hacerlo mientras pasaba por esa oficina que fue de mi madre por tantos años y ahora no lo es más, y que estaba igualmente al lado de esa versión pequeña de mí, la del pasado, congelado en una imagen.

El presente me golpea fuertemente con tu rostro nuevo, tu pareja nueva, tus días nuevos. Pero no puede evitar tu sonrisa llevarme de vuelta a aquel lago minúsculo con peces minúsculos y horas largas para conversar contigo.

Vamos al lago, háblame de la misma manera y te aseguro que no permitiré que se vuelva un recuerdo preciado, sino una verdad que podamos vivir.