El primero de agosto es el que me robó dos besos y medio a la salida del teatro,
el que talló nuestras iniciales en el pavimento fresco de la calle frente al cine,
el que celebra mi cumpleaños cada diecinueve días,
y el que permanece siempre en un estado de absoluta euforia.
El primero de agosto, siempre tiene algo que decir,
una historia que escuchar o una flor que robar,
del jardín de la señora Gloria, la gorda del barrio,
la única que se resiste a sus encantos de otoño.
El primero de agosto es el único que tira a la calle sus monedas brillantes,
pues siempre dice que le harán más bien a aquel sin techo
que busca esperanzas en el metal forjado hace tanto tiempo,
y nunca dudan en devolverle el favor con poesías improvisadas.
El primero de agosto seduce y encanta a los viajeros del camino,
con las palabras adecuadas y los consejos falsamente humildes,
y por ello nunca le faltan recuerdos y souvenirs,
de todos los que al pasar dejan una parte de ellos con él.
El primero de agosto te vi por primera vez,
con tus zapatos bien lustrados y sombrero de pluma de pavo,
recorriendo este miserable pueblo con completa propiedad,
y robándome el aliento a cada paso.
Que llegue pronto el año nuevo,
y el sol nuevo y el andar nuevo,
porque en poco tiempo será de nuevo primero de agosto,
y te veré, por fin, otra vez.
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