Soy un cliché.
Pero no el de las películas románticas.
No la heroína fantástica de cabellos perfectos, cintura marcada y sonrisa envidiable.
No esa que supera un irrisorio obstáculo producto de un malentendido para estar por siempre con su verdadero amor.
No.
Soy el muchacho torpe que tropieza con todo y nada le sale bien.
Aquel contra quien el universo conspira para que le ocurran los más inverosímiles accidentes.
El que comete los errores más mínimos con las consecuencias más enormes.
Excepto que a mí no se me acaba la mala suerte al final de la película.
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