Estaban sentados, atendiendo una lección eterna sobre algo que nadie entendía.
Ella, en el centro del salón, tomaba con dulzura y secreta indiferencia el brazo de un muchacho a su izquierda.
A su derecha, otro, ése, el único, los miraba con intensidad.
Atrás, un malcriado la molestaba, le halaba el cabello, le tiraba cosas. Ella ignoraba todo. Su atención estaba concentrada en quien la miraba, no a quien sostenía.
Sus miradas se cruzaron, en un instante que pudo ser eterno, de no ser por el inoportuno y molesto del asiento de atrás, quien rompió la magia.
De pronto, el objeto de su afecto, a su derecha, se levantó con violencia y encaró al atrevido, quien echó a correr.
Lo siguió con ira hasta otro salón, en donde, sin escapatoria, le rompió la cara a golpes.
Todos siguieron al par hasta la otra habitación, pero nadie más rápido que ella, que soltó sin contemplación a quien abrazaba para ver qué sucedía con ese, el único.
En medio del caos, de los gritos alarmados de los maestros y las caras de asombro de los otros estudiantes, ella estaba en el umbral de la puerta, atónita por un segundo.
Él se apartó de su víctima y la miró. Lo supo. Ambos lo supieron.
Se acercó a ella y se derrumbó en llanto en sus brazos.
Ella lo abrazó, acarició su cabeza y su espalda y le recordó que todo iba a estar bien.
Contuvo con dificultad su propio llanto y le sonrió.
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