Hoy pasé el día a la espera de una señal, llena de fe, pero siempre rodeada de la cruel incertidumbre.
Anoche me fui a la cama atormentada, dudosa, ignorante de los hechos y los presentes, de los testigos y los sobrevivientes.
Ayer reí a carcajadas, caminé la ciudad con una sonrisa, nunca antes tan plena, y estaba llena mi alma de esperanzas y sueños.
Hace dos noches me acosté con miedo, con un bloque de cemento presionándome el pecho, con la angustia y temor que sólo puede provocar otro ser humano.
Hace dos días estaba decidida, con la mayor certeza de toda mi vida, con la confianza necesaria para mover el mundo a mi juicio.
Hace tres noches dormí con determinación, con planes e ideas en mi cabeza que esperaban sólo un nuevo día para volverse realidad.
Hace tres días fui un muerto en vida que recorría las calles sin rumbo ni control, sin conciencia, y sólo con un desconcertante pensamiento en mi cabeza.
Hace cuatro noches mi corazón se rompió. Quedó muerto, más que marchito, mucho más que destruido.
Pero si ha existido una constante cada día y cada noche desde hace ya tanto tiempo, es el amor que te tengo.
Cada uno de esos días estuve enamorada, y así fueron todos los precedentes y serán todos los que están por venir.
Porque desde que amanece hasta el ocaso, todos mis segundos y espacios son en función de ti, existen por tu recuerdo, perduran por tu existencia.
Y por eso, no importa cómo me sorprenda esta noche, yo te amaré igual.
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